domingo, enero 29, 2006

Julio Camba y la Republica de ayer y de hoy

Uno leyendo se encuentra cosas impagables. Estoy ahora con Haciendo República de un escritor fantástico, enorme, y muy poco valorado, quizá por cosas como las que les voy a relatar ahora, Julio Camba, que además era paisano, casi vecino. La cosa es que allá por la tan comentada época de la II República, este señor se dedicaba a narrar de manera magistral la situación, y qué situación, “pasen y vean” –como él dice- y a ver si encuentran alguna diferencia con el circo de hoy:
Un día, al final de cierta sesión nocturna, don José Ortega y Gasset apareció en el salón de sesiones del Congreso, donde, con voz débil y ademán vacilante, porque su salud se encontraba entonces bastante quebrantada, declaró que los conceptos de autonomía y federalismo no eran conceptos análogos, sino conceptos opuestos. Para decir una cosa tan sencilla, tuvimos que sacar de la cama con toda urgencia, hacia las cuatro o cinco de la madrugada, al filósofo máximo de la nación, llevándolo a la plaza de las Cortes poco menos que en unas parihuelas, y es que, sencilla y todo, esa cosa no la sabía nadie en el Congreso. Para aquellos energúmenos era lo mismo ensamblar las piezas de un puzzle, a fin de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de crear un puzzle, y era igual buscar un aumento de poder en la unión con otros países que desmembrar el territorio nacional en regiones más o menos independientes. No se hablaba entonces más que del Estatuto de Cataluña, compromiso de honor de la República, porque algunos catalanes, reunidos un día con otros señores en un café de San Sebastián, dijeron que ellos no contribuirían a la revolución si no se les prometía el Estatuto, y, aunque la revolución no la hizo nadie y la República vino sola, los señores del café de San Sebastián acordaron: Primero. Que ellos tenían que encargarse de la gobernación del Estado, porque para eso habían resuelto traer la República por medio de la revolución; y Segundo. Que, pasara lo que pasara, el Estatuto catalán estaba por encima de todo. No hubo medio humano de hacer rectificar al Gobierno, por lejos que fue la indignación de las gentes. Don Manuel Azaña hacía grandes aspavientos ante lo que, a su juicio, constituía un caso manifiesto de incomprensión colectiva, y en un discurso memorable declaró que, después de todo, España no es, realmente, un país unitario, y que la unidad nacional carece de tradición entre nosotros. ¿Qué les parece a ustedes? Desde luego, nuestra unidad nacional no es, ni en un minuto, anterior a nuestra unidad nacional, y si vamos a buscar su tradición a una época en la que todavía no se había logrado, es evidente que no la encontraremos. Esto no quita, sin embargo, para que no hay en toda Europa una unidad nacional más antigua. España fue el primer país europeo que sintió la idea de nación y la impuso en toda la haz de su territorio, lo que no impidió, naturalmente, que quedase aquí una barretina, por ejemplo; allí una gaita, allá un baile o una canción y acullá una manera peculiar de guisar el arroz o el bacalao. Estos residuos históricos son lo que algunos llaman hechos diferenciales, y los hay en todas partes. Los hay en Cataluña con respecto a España, y en Barcelona con respecto a Cataluña, y en la rambla de Canaletas con respecto a la rambla en general. En todas partes hay hechos diferenciales, pero la cuestión está en si debe uno cultivarlos o debe, por el contrario, dedicarse al cultivo de los hechos igualatorios. El caso fue que los catalanistas consiguieron su Estatuto, emancipándose del vago centralismo madrileño para caer bajo el centralismo directo de Barcelona, y yo recuerdo una fotografía en la que doña Margarita Nelken, cogida de la mano con uno de estos boticarios que la República puso al frente del ministerio de Marina, y con mi amigo don Laureano Paratcha, aparecía bailando la sardana, en celebración del fausto acontecimiento. Hace veinte años, algunos naturales del Ampurdán solían reunirse los domingos en cierta calle de Barcelona para bailar la sardana, y los barceloneses se morían de risa contemplando el espectáculo de su futuro baile nacional; pero ahora no se trata de esto. Se trata de que doña Margarita Nelken estaba muy alegre, y ¿por qué no iba a estar alegre doña Margarita Nelken, digo yo? En cambio, los otros danzantes tenían todos una verdadera risa de conejo... (Camba, Julio, Haciendo República, «El Estatuto de Cataluña»)
Tras esto uno tiene que hacerse alguna reflexión. Reconozco que cuando muchos hablan de que volvemos al 34 y demás, pues me parecen –o me parecían- una exageración, quizá por esa falta de conocimientos históricos de los adolezco, como buena víctima de educación que me ha tocado sufrir en las escuelas públicas. De todas maneras, digo, hay que hacerse alguna reflexión. Pío Moa lanzaba hace algún tiempo la idea de que en los dos últimos siglos de la Historia España ha habido tres ciclos prácticamente iguales, el segundo de ellos empieza con la Restauración y termina con la Guerra Civil, una idea muy sugerente que reconozco no había leído hasta ahora, por lo menos de manera tan explícita: “La tesis que defiendo es que la Guerra Civil cierra un ciclo histórico y abre otro nuevo. Cierra la época de la Restauración, puesta a flote en 1874 y hundida en 1923. Consecuencia de ese naufragio fueron dos intentos de reconstruir la convivencia social sobre nuevas bases, primero mediante la dictadura y luego con la República.” Moa sostiene que la similitud con el ciclo en el que estamos ahora es realmente preocupante. Prueba de ello es la situación que describe Camba, y que todos sabemos cómo terminó.

viernes, enero 20, 2006

La violencia y el MST

De todos los movimientos sociales sin duda uno de los más perjudiciales y peligrosos para la estabilidad de una sociedad, en este caso la brasileña, es el Movimiento de los Trabajadores sin Tierra. La mejor manera de ver los riesgos de las acciones y de las enseñanzas de este grupo en concreto es, como siempre, ir a sus textos. Aquí en Wigan, como no me he podido traer muchos libros leo algunos e-books que tenía pendientes y últimamente me estoy entreteniendo mucho con uno que se publicó hace unos años de la socióloga chilena Marta Harnecker —abiertamente defensora de este movimiento y de otros similares y autora de ese clásico de la indignidad sociológica como es Los conceptos elementales del materialismo histórico— titulado Sin Tierra: Construyendo un movimiento social (pdf).Cuando plante un árbol y tenga un hijo y tenga ganas de algo más quizá me ponga a redactar algo contando las verdades del barquero de este tipo de grupos que tanta gracia hacen a la progresía española e internacional. Ahora sólo rescataré una perlita de este libro que me ha producido sonrojo:
Es necesario aclarar que decidirse a resistir [en los campamentos] no es optar por la violencia; la lucha que promueve el MST es una lucha pacífica. Las únicas armas que utiliza para defenderse de los ataques de la policía son el propio cuerpo y sus herramientas de trabajo: machetes, azadones, hoces, pedazos de palo y viejas escopetas de caza en los momentos de desesperación. El Movimiento trata de evitar el enfrentamiento con la policía, sabe que no está preparado para ello, ya que las armas utilizadas por ésta: pistolas, rifles, ametralladoras, bombas lacrimógenas, caballos, perros, y hasta helicópteros, son inconmensurablemente más poderosas que las armas defensivas con las que éste cuenta. (§ 306, Negrita suya).

miércoles, enero 18, 2006

Desde Wigan

Escribo este post desde una nueva vida en Wigan, Inglaterra. Llegué ayer, de noche, y aun estoy acomodándome. No tengo ahora tiempo para contar todas las cosas que me han sorprendido en estas primeras 24 horas; las apuntaré y cuando pueda las pondré aquí, simplemente para compartir, y para que los que estén interesados sepan que estoy bien. Desde esta distancia será interesante seguir las noticias de España, y comentarlas con esa separación ahora más necesaria. En fin, seguiré por estas páginas.